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La dignidad del anciano y su misin en la Iglesia y en el mundo

Martes, 17 de Febrero de 2004
Documentos Eclesiales

 

Pontificium Consilium pro Laicis, Documentos. Vaticano, 1 de Octubre de 1998.

INTRODUCCIN

Las conquistas de la ciencia, y los correspondientes progresos de la medicina, han contribuido en forma decisiva, en los ltimos decenios, a prolongar la duracin media de la vida humana. La tercera edad abarca una parte considerable de la poblacin mundial: se trata de personas que salen de los circuitos productivos, disponiendo an de grandes recursos y de la capacidad de participar en el bien comn. A este grupo abundante de young old ( ancianos jvenes , como definen los demgrafos segn la nuevas categoras de la vejez a las personas de los 65 a los 75 aos de edad), se agrega el de los oldest old ( los ancianos ms ancianos , que superan los 75 aos), la cuarta edad, cuyas filas estn destinadas a aumentar siempre ms. (1)

La prolongacin de la vida media, por un lado, y la disminucin, a veces dramtica, de la natalidad, (2) por el otro, han producido una transicin demogrfica sin precedentes, en la que la pirmide de las edades est completamente invertida respecto a como se presentaba no hace ms de cincuenta aos: crece constantemente el nmero de ancianos y disminuye constantemente el nmero de jvenes. El fenmeno, que comenz durante los aos sesenta en los pases del hemisferio norte, llega ahora tambin a las naciones del hemisferio sur, donde el proceso de envejecimiento es an ms rpido.

Esta especie de revolucin silenciosa , que supera de lejos los datos demogrficos, plantea problemas de orden social, econmico, cultural, psicolgico y espiritual cuyo alcance es objeto de una esmerada atencin por parte de la Comunidad internacional. Ya durante la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la poblacin, convocada por las Naciones Unidas y celebrada en Viena (Austria) del 26 de julio al 6 de agosto de 1982 se haba elaborado un Plan internacional de accin que sigue siendo, an hoy, un punto de referencia a nivel mundial. Ulteriores estudios llevaron a la definicin de dieciocho Principios de las Naciones Unidas para los ancianos (repartidos en cinco grupos: independencia, participacin, atencin, realizacin personal y dignidad) (3) y a la decisin de dedicar a los ancianos una Jornada mundial cuya fecha ha sido establecida el 1o de octubre de cada ao.

La resolucin de la o­nU por la cual se declara el ao 1999 Ao Internacional de los Ancianos, y la misma eleccin del tema: Hacia una sociedad para todas las edades , confirman ese inters. Una sociedad para todas las edades afirma el Secretario general Kofi Annan en su mensaje para la Jornada mundial de los ancianos 1998 es una sociedad que, lejos de hacer una caricatura de los ancianos presentndolos enfermos y jubilados, los considera ms bien agentes y beneficiarios del desarrollo . Una sociedad multigeneracional, pues, empeada en crear condiciones de vida capaces de promover la realizacin del enorme potencial que tiene la tercera edad.

La Santa Sede que aprecia el intento de establecer una organizacin social inspirada en la solidaridad, en la que las distintas generaciones, unidas, den su propia aportacin desea colaborar en el Ao internacional de los ancianos, haciendo escuchar la voz de la Iglesia, tanto en el campo de la reflexin como en el de la accin.

Insiste en el respeto a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona anciana y, con la conviccin de que los ancianos tienen an mucho que dar a la vida social, desea que se afronte la cuestin con un gran sentido de responsabilidad por parte de todos: individuos, familias, asociaciones, gobiernos y organismos internacionales, segn las competencias y deberes de cada cual y de acuerdo con el principio, tan importante, de subsidiariedad. Slo as se podr perseguir el objetivo de garantizar al anciano condiciones de vida siempre ms humanas y dar valor a su papel insustituible en una sociedad en continua y rpida transformacin econmica y cultural. Slo as se podrn emprender, en modo orgnico, iniciativas destinadas a influir en el orden socio-econmico y educativo, con el objeto de que sean accesibles a todos los ciudadanos, sin discriminaciones, los recursos indispensables para satisfacer necesidades antiguas y nuevas, para garantizar la tutela efectiva de los derechos, y para dar nuevos motivos de esperanza y de confianza, de participacin activa y de pertenencia, a los que han sido alejados de los circuitos de la convivencia humana.

La preocupacin y el compromiso de la Iglesia en favor de los ancianos no son cosa nueva. Ellos han sido destinatarios de su misin y de su atencin pastoral en el transcurso de los siglos y en las circunstancias ms variadas. La caritas cristiana se ha hecho cargo de sus necesidades, suscitando distintas obras al servicio de los ancianos, sobre todo gracias a la iniciativa y a la solicitud de las congregaciones religiosas y de las asociaciones de laicos. Y el magisterio de la Iglesia, lejos de considerar la cuestin como un mero problema de asistencia y de beneficencia, ha insistido siempre en la importancia de valorizar a las personas de todas las edades, para que la riqueza humana y espiritual, as como la experiencia y la sabidura acumuladas durante vidas enteras, no se dispersen. Confirmando lo anterior, Juan Pablo II, al dirigirse a unos ocho mil ancianos recibidos en audiencia el 23 de marzo de 1984, les deca: No os dejis sorprender por la tentacin de la soledad interior. No obstante la complejidad de vuestros problemas [...], las fuerzas que progresivamente se debilitan, las deficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la legislacin oficial y las incomprensiones de una sociedad egosta, no estis ni debis sentiros al margen de la vida de la Iglesia, o elementos pasivos en un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un perodo humanamente y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenis todava una misin por cumplir, una contribucin para dar . (4)

La situacin actual en no pocos sentidos indita interpela, en todo caso, a la Iglesia, a que emprenda una revisin de la pastoral de la tercera y la cuarta edad. La bsqueda de formas y mtodos nuevos que correspondan mejor a sus necesidades y expectativas espirituales, y la elaboracin de derroteros pastorales arraigados en la defensa de la vida, de su significado y de su destino, parecen ser, pues, condiciones imprescindibles para estimular a los ancianos a que den su propia aportacin a la misin de la Iglesia y para ayudarles a lograr un especial beneficio espiritual gracias a su participacin activa en la vida de la comunidad eclesial.

Este es, a grandes rasgos, el contexto en el cual se sita el presente documento del Pontificio Consejo para los Laicos. Ha contribuido a su elaboracin un grupo de trabajo constituido por representantes de varios Dicasterios de la Curia romana y de la Secretara de Estado; han participado, adems, responsables de movimientos y asociaciones eclesiales y de congregaciones religiosas que tienen una amplia experiencia del mundo de la tercera edad. Al ponerlo a la disposicin de las Conferencias episcopales, de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, movimientos y asociaciones, jvenes y adultos, y de los mismos ancianos, el Pontificio Consejo para los Laicos designado como punto focal de la coordinacin de las actividades de la Santa Sede para el Ao Internacional de los Ancianos confa en que sirva de estmulo para la reflexin y el compromiso de todos y cada uno.

 I.  SENTIDO Y VALOR DE LA VEJEZ

Las expectativas de una longevidad que se puede transcurrir en mejores condiciones de salud respecto al pasado; la perspectiva de poder cultivar intereses que suponen un grado ms elevado de instruccin; el hecho de que la vejez no es siempre sinnimo de dependencia y que, por tanto, no menoscaba la calidad de la vida, no parecen ser condiciones suficientes para que se acepte un perodo de la existencia en el cual muchos de nuestros contemporneos ven exclusivamente una inevitable y abrumadora fatalidad.

Est muy difundida, hoy, en efecto, la imagen de la tercera edad como fase descendiente, en la que se da por descontada la insuficiencia humana y social. Se trata, sin embargo, de un estereotipo que no corresponde a una condicin que, en realidad, est mucho ms diversificada, pues los ancianos no son un grupo humano homogneo y la viven de modos muy diferentes. Existe una categora de personas, capaces de captar el significado de la vejez en el transcurso de la existencia humana, que la viven no slo con serenidad y dignidad, sino como un perodo de la vida que presenta nuevas oportunidades de desarrollo y empeo. Y existe otra categora muy numerosa en nuestros das para la cual la vejez es un trauma. Personas que, ante el pasar de los aos, asumen actitudes que van desde la resignacin pasiva hasta la rebelin y el rechazo desesperados. Personas que, al encerrarse en s mismas y colocarse al margen de la vida, dan principio al proceso de la propia degradacin fsica y mental.

Es posible, pues, afirmar que las facetas de la tercera y de la cuarta edad son tantas cuantos son los ancianos, y que cada persona prepara la propia manera de vivir la vejez durante toda la vida. En este sentido, la vejez crece con nosotros. Y la calidad de nuestra vejez depender sobre todo de nuestra capacidad de apreciar su sentido y su valor, tanto en el mbito meramente humano como en el de la fe. Es necesario, por tanto, situar la vejez en el marco de un designio preciso de Dios que es amor, vivindola como una etapa del camino por el cual Cristo nos lleva a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2). Slo a la luz de la fe, firmes en la esperanza que no engaa (cf. Rom 5, 5), seremos capaces de vivirla como don y como tarea, de manera verdaderamente cristiana. Ese es el secreto de la juventud espiritual, que se puede cultivar a pesar de los aos. Linda, una mujer que vivi 106 aos, dej un lindo testimonio en este sentido. Con ocasin de su 101 cumpleaos, confiaba a una amiga: Ya tengo 101 aos, pero ?sabes que soy fuerte? Fsicamente estoy algo impedida, pero espiritualmente hago todo, no dejo que las cosas fsicas me abrumen, no les hago caso. No es que viva la vejez porque no le hago caso: ella sigue por su camino, y yo la dejo. El nico modo de vivirla bien es vivirla en Dios .

Rectificar la actual imagen negativa de la vejez, es, pues, una tarea cultural y educativa que debe comprometer a todas las generaciones. Existe la responsabilidad con los ancianos de hoy, de ayudarles a captar el sentido de la edad, a apreciar sus propios recursos y as superar la tentacin del rechazo, del auto-aislamiento, de la resignacin a un sentimiento de inutilidad, de la desesperacin. Por otra parte, existe la responsabilidad con las generaciones futuras, que consiste en preparar un contexto humano, social y espiritual en el que toda persona pueda vivir con dignidad y plenitud esa etapa de la vida.

En su mensaje a la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la poblacin, Juan Pablo II afirmaba: La vida es un don de Dios a los hombres, creados por amor a su imagen y semejanza. Esta comprensin de la dignidad sagrada de la persona humana lleva a valorizar todas las etapas de la vida. Es una cuestin de coherencia y de justicia. Es imposible, en efecto, valorizar verdaderamente la vida de un anciano, si no se da valor, verdaderamente, a la vida de un nio desde el momento de su concepcin. Nadie sabe hasta dnde se podra llegar, si no se respetara la vida como un bien inalienable y sagrado . (5)

La construccin de la auspicada sociedad de todas las generaciones permanecer en pie slo si se funda en el respeto por la vida en todas sus fases. La presencia de tantos ancianos en el mundo contemporneo es un don, una riqueza humana y espiritual nueva. Un signo de los tiempos que, si se comprende en toda su plenitud, y se sabe acoger, puede ayudar al hombre actual a recuperar el sentido de la vida, que va mucho ms all de los significados contingentes que le atribuyen el mercado, el Estado y la mentalidad reinante.

La experiencia que los ancianos pueden aportar al proceso de humanizacin de nuestra sociedad y de nuestra cultura es ms preciosa que nunca, y les ha de ser solicitada, valorizando aquellos que podramos definir los carismas propios de la vejez:

La gratuidad. La cultura dominante calcula el valor de nuestras acciones segn los parmetros de una eficiencia que ignora la dimensin de la gratuidad. El anciano, que vive el tiempo de la disponibilidad, puede hacer caer en la cuenta a una sociedad demasiado ocupada la necesidad de romper con una indiferencia que disminuye, desalienta y detiene los impulsos altrustas.

La memoria. Las generaciones ms jvenes van perdiendo el sentido de la historia y, con ste, la propia identidad. Una sociedad que minimiza el sentido de la historia elude la tarea de la formacin de los jvenes. Una sociedad que ignora el pasado corre el riesgo de repetir ms fcilmente los errores de ese pasado. La cada del sentido histrico puede imputarse tambin a un sistema de vida que ha alejado y aislado a los ancianos, poniendo obstculos al dilogo entre las generaciones.

La experiencia. Vivimos, hoy, en un mundo en el que las respuestas de la ciencia y de la tcnica parecen haber reemplazado la utilidad de la experiencia de vida acumulada por los ancianos a lo largo de toda la existencia. Esa especie de barrera cultural no debe desanimar a las personas de la tercera y de la cuarta edad, porque ellas tienen muchas cosas qu decir a las nuevas generaciones y muchas cosas qu compartir con ellas.

La interdependencia. Nadie puede vivir solo; sin embargo, el individualismo y el protagonismo dilagantes ocultan esta verdad. Los ancianos, en su bsqueda de compaa, protestan contra una sociedad en la que los ms dbiles se dejan con frecuencia abandonados a s mismos, llamando as la atencin acerca de la naturaleza social del hombre y la necesidad de restablecer la red de relaciones interpersonales y sociales.

Una visin ms completa de la vida. Nuestra vida est dominada por los afanes, la agitacin y, no raramente, por las neurosis; es una vida desordenada, que olvida los interrogantes fundamentales sobre la vocacin, la dignidad y el destino del hombre. La tercera edad es, adems, la edad de la sencillez, de la contemplacin. Los valores afectivos, morales y religiosos que viven los ancianos constituyen un recurso indispensable para el equilibrio de las sociedades, de las familias, de las personas. Van del sentido de responsabilidad a la amistad, a la no-bsqueda del poder, a la prudencia en los juicios, a la paciencia, a la sabidura; de la interioridad, al respeto de la Creacin, a la edificacin de la paz. El anciano capta muy bien la superioridad del ser respecto al hacer y al tener . Las sociedades humanas sern mejores si sabrn aprovechar los carismas de la vejez.

 

II  EL ANCIANO EN LA BIBLIA

Para entender profundamente el sentido y el valor de la vejez, es preciso abrir la Biblia. Slo la luz de la Palabra de Dios, en verdad, nos da la capacidad de sondear la plena dimensin espiritual, moral y teolgica de esa poca de la vida. Como estmulo para reexaminar el significado de la tercera y de la cuarta edad, sugerimos a continuacin algunos puntos de referencia bblicos, con observaciones y reflexiones sobre los retos que ellos representan en la sociedad contempornea.

Respeta al anciano (Lv 19, 32)

La consideracin por el anciano, en la Escritura se transforma en ley: Ponte en pie ante las canas, [...] y honra a tu Dios (ibid.). Adems: Honra a tu padre y a tu madre (Dt 5, 16). Una exhortacin delicadsima en favor de los padres, especialmente en la edad senil, se encuentra en el tercer captulo del Eclesistico (vv. 1-16), que termina con una afirmacin muy grave: Quien desampara a su padre es un blasfemo, un maldito del Seor quien maltrata a su madre . Es preciso, pues, hacer todo lo posible para detener la tendencia, tan difundida hoy, a ignorar a los ancianos y a marginalizarlos, educando as a las nuevas generaciones a abandonarlos. Jvenes, adultos y ancianos tienen necesidad los unos de los otros.

Nuestros antepasados nos contaron la obra que realizaste en sus das, en los tiempos antiguos (Sal 44 [43], 2)

Las historias de los patriarcas son particularmente elocuentes al respecto. Cuando Moiss vive la experiencia de la zarza ardiente, Dios se le presenta as: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahn, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Ex 3, 6). Dios pone su propio nombre junto al de los grandes ancianos que representan la legitimidad y la garanta de la fe de Israel. El hijo, el joven encuentra digamos, recibe a Dios siempre y slo a travs de los padres, de los ancianos. En el trozo arriba mencionado, junto al nombre de cada patriarca aparece la expresin Dios de... , para significar que cada uno de ellos haca la experiencia de Dios. Y esta experiencia, que era el patrimonio de los ancianos, era tambin la razn de su juventud espiritual y de su serenidad ante la muerte. Paradjicamente, el anciano que transmite lo que ha recibido esboza el presente; en un mundo que ensalza una eterna juventud, sin memoria y sin futuro, esto da motivo para reflexionar.

En la vejez seguirn dando fruto (Sal 92 [91], 15)

La potencia de Dios se puede revelar en la edad senil, incluso cuando sta se ve marcada por lmites y dificultades. Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera dbil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo. De este modo, nadie puede presumir delante de Dios (1 Cor 1, 27-28). El designio de salvacin de Dios se cumple tambin en la fragilidad de los cuerpos ya no jvenes, dbiles, estriles e impotentes. As, del vientre estril de Sara y del cuerpo centenario de Abrahn nace el Pueblo elegido (cf. Rom 4, 18-20). Y del vientre estril de Isabel y de un viejo cargado de aos, Zacaras, nace Juan el Bautista, precursor de Cristo. Incluso cuando la vida se hace ms dbil, el anciano tiene motivo para sentirse instrumento de la historia de la salvacin: Le har disfrutar de larga vida, y le mostrar mi salvacin (Sal 91[90], 16), promete el Seor.

Ten en cuenta a tu Creador en los das de tu juventud, antes de que lleguen los das malos y se acerquen los aos de los que digas: No me gustan (Ecl 12, 1)

Este enfoque bblico de la vejez impresiona por su objetividad desarmante. Adems, como lo recuerda el salmista, la vida pasa en un soplo y no siempre es suave y sin dolor: Setenta aos dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los ms fuertes; pero sus afanes son fatiga intil, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos (Sal 90[89], 10). Las palabras de Qohlet que hace una larga descripcin, con imgenes simblicas, de la decadencia fsica y de la muerte pintan un triste retrato de la vejez. La Escritura nos llama, aqu, a no hacernos ilusiones acerca de una edad que lleva a malestares, problemas y sufrimientos. Y recuerda que se debe mirar hacia Dios durante toda la existencia, porque l es el punto de llegada hacia el cual hay que dirigirse siempre, pero sobre todo en el momento del miedo que sobreviene cuando se vive la vejez como un naufragio.

Abrahn expir; muri en buena vejez, colmado de aos, y fue a reunirse con sus antepasados (Gn 25, 7)

Este paso bblico tiene una gran actualidad. El mundo contemporneo ha olvidado la verdad sobre el significado y el valor de la vida humana establecida por Dios, desde el principio, en la conciencia del hombre y con ella, el pleno sentido de la vejez y de la muerte. La muerte ha perdido, hoy, su carcter sagrado, su significado de realizacin. Se ha transformado en tab: se hace lo posible para que pase inobservada, para que no altere nada. Su teln de fondo tambin ha cambiado: si se trata de ancianos, sobre todo, se muere siempre menos en casa y siempre ms en el hospital o en un instituto, lejos de la propia comunidad humana. Ya no se usan, especialmente en la ciudad, los momentos rituales de psame y ciertas formas de piedad. El hombre actual, como anestesiado ante las representaciones diarias de la muerte que dan los medios de comunicacin social, hace lo posible por no afrontar una realidad que le produce turbacin, angustia, miedo. Entonces, inevitablemente, se queda solo ante la propia muerte. Pero el Hijo de Dios hecho hombre cambi, en la cruz, el significado de la muerte, abriendo de par en par al creyente las puertas de la esperanza: Yo soy la resurreccin y la vida. El que cree en m, aunque haya muerto, vivir; y todo el que est vivo y crea en m, jams morir (Jn 11, 25-26). A la luz de estas palabras, la muerte que ya no es condena, ni necia conclusin de la vida en la nada se revela como el tiempo de la esperanza viva y cierta del encuentro cara a cara con el Seor.

Ensanos a calcular nuestros das, para que adquiramos un corazn sabio (Sal 90 [89], 12)

Uno de los carismas de la longevidad, segn la Biblia, es la sabidura; pero la sabidura no es necesariamente una prerrogativa de la edad. Es un don de Dios que el anciano debe acoger y ponerse como meta, para alcanzar esa sabidura del corazn que da la posibilidad de saber contar los propios das , es decir, de vivir con sentido de responsabilidad el tiempo que la Providencia concede a cada cual. Ncleo de esta sabidura, es el descubrimiento del sentido ms profundo de la vida humana y del destino trascendente de la persona en Dios. Y si esto es importante para el joven, con mayor razn lo ser para el anciano, llamado a orientar su propia vida sin perder nunca de vista la nica cosa necesaria (cf. Lc 10, 42).

A ti, Seor, me acojo; no quede yo avergonzado para siempre (Sal 71 [70], 1)

Este salmo, que se destaca por su belleza, es slo una de las muchas oraciones de ancianos que se encuentran en la Biblia y que dan testimonio de los sentimientos religiosos del alma ante el Seor. La oracin es el camino real para una comprensin de la vida segn el espritu, propia de las personas ancianas. La oracin es un servicio, un ministerio que los ancianos pueden ejercer para bien de toda la Iglesia y del mundo. Incluso los ancianos ms enfermos, o inmovilizados, pueden orar. La oracin es su fuerza, la oracin es su vida. A travs de la oracin, participan en los dolores y en las alegras de los dems, y pueden romper la barrera del aislamiento, salir de su condicin de impotencia. La oracin es un tema central, y de l se pasa a la cuestin de cmo un anciano puede llegar a ser contemplativo. Un anciano agotado, en su cama, es como un monje, un ermitao: con su oracin puede abrazar al mundo. Parece imposible que una persona que haya vivido en plena actividad pueda volverse contemplativa. Pero hay momentos de la vida en los que se producen aperturas que benefician a toda la comunidad humana. Y la oracin es la apertura por excelencia, pues no hay renovacin, incluso social, que no nazca de la contemplacin. El encuentro con Dios en la oracin introduce en los pliegues de la historia una fuerza [...] que conmueve los corazones, los anima a la conversin y a la renovacin y, de este modo, se convierte en una potente fuerza histrica de transformacin de las estructuras sociales . (6)

 

III. PROBLEMAS DE LOS ANCIANOS: PROBLEMAS DE TODOS

Marginacin

Entre los problemas que experimentan los ancianos, a menudo, hoy, uno quizs ms que otros atenta contra la dignidad de la persona: la marginacin. El desarrollo de este fenmeno, relativamente reciente, ha hallado terreno frtil en una sociedad que, concentrando todo en la eficiencia y en la imagen satinada de un hombre eternamente joven, excluye de los propios circuitos de relaciones a quienes ya no tienen esos requisitos.

Responsabilidades institucionales eludidas, con las consiguientes deficiencias sociales; la pobreza, o una drstica reduccin de los ingresos y de los recursos econmicos que pueden garantizar una vida decorosa y la posibilidad de gozar de atenciones adecuadas, y el alejamiento ms o menos progresivo del anciano del propio ambiente social y de la familia, son los factores que colocan a muchos ancianos al margen de la comunidad humana y de la vida cvica.

La dimensin ms dramtica de esta marginacin es la falta de relaciones humanas que hace sufrir a la persona anciana, no slo por el alejamiento, sino por el abandono, la soledad y el aislamiento. Con la disminucin de los contactos interpersonales y sociales, comienzan a faltar los estmulos, las informaciones, los instrumentos culturales. Los ancianos, al ver que no pueden cambiar la situacin por estar imposibilitados a participar en las tomas de decisiones que les conciernen, como personas y como ciudadanos, terminan perdiendo el sentido de pertenencia a la comunidad de la cual son miembros.

Este problema nos concierne a todos. Es tarea de la sociedad, de sus distintos organismos, intervenir para garantizar una efectiva tutela, incluso jurdica, de esa parte no nfima de la poblacin que vive en estado de emergencia socio-econmico-informativa.

Asistencia

An hoy da, para atender y asistir a los enfermos ancianos no autosuficientes, sin familia, o con pocos medios econmicos, se recurre siempre con mayor frecuencia a la asistencia institucionalizada. Pero el hecho de recluirlos en un instituto puede transformarse en una especie de segregacin de la persona respecto al contexto civil. Algunas opciones socio-asistenciales, y las instituciones que de ellas han surgido, comprensibles en un pasado que tena un contexto social y cultural distinto, estn superadas actualmente y son contrarias a las nuevas formas de sensibilidad humana. Una sociedad consciente de sus propios deberes hacia las generaciones ms ancianas, que han contribuido a edificar su presente, debe ser capaz de crear instituciones y servicios apropiados. En la medida de lo posible, los ancianos debern poder permanecer en el propio ambiente, gracias al apoyo que se les prestar mediante, por ejemplo, la asistencia a domicilio, el day-hospital, centros diurnos, etc.

En este panorama, no sobra una referencia a las residencias para ancianos. Por el hecho mismo de que ofrecen alojamiento a personas que han tenido que dejar su propio hogar, habr que insistir en que en ellas se ha de respetar la autonoma y la personalidad de cada individuo, garantizndole la posibilidad de desarrollar actividades vinculadas a sus propios intereses; y se han de prestar todas las atenciones que requiere la edad que avanza, dando a la acogida una dimensin lo ms familiar posible.

Formacin y ocupacin

La mentalidad actual tiende a relacionar ntimamente la formacin con la actividad de trabajo. He aqu el motivo de la carencia de programas de formacin para la tercera edad. En una poca en la que el training y la actualizacin constantes son una condicin indispensable para seguir el paso de la rpida evolucin de las tecnologas y sacar los beneficios correspondientes, incluso de orden material, los ancianos cuyo saber ya no se puede colocar en el mercado del trabajo se ven excludos de las polticas de educacin permanente. Esto desatiende sus crecientes solicitudes y expectativas al respecto.

La separacin del mundo del trabajo y de todo lo relacionado con l se realiza en forma brusca, poco flexible, y slo muy raramente coincide con los tiempos y modalidades elegidos por las personas interesadas. No es raro que muchas de stas, para compensar pensiones insuficientes o casi inexistentes, busquen luego, pero sin mayores resultados, una ocupacin. Es preciso satisfacer ese anhelo de seguridad, proporcionando a los ancianos oportunidades que les permitan permanecer activos, expresar su creatividad y desarrollar la dimensin espiritual de su vida.

Parece ya comprobado el hecho de que la jubilacin obligatoria da comienzo a un proceso de envejecimiento precoz; mientras el desarrollo de una actividad posterior a la pensin produce un efecto benfico en la calidad misma de la vida. El tiempo libre de que disponen los ancianos es, pues, el principal recurso que se ha de tener en cuenta para volverles a dar un papel activo, promoviendo su acceso a las nuevas tecnologas, su compromiso en trabajos socialmente tiles y su apertura a experiencias de servicio y de voluntariado.

Participacin

Est comprobado que los ancianos, cuando se les presenta la oportunidad, participan activamente en la vida social, tanto a nivel civil como cultural y asociativo. Lo confirma el hecho de que tantos puestos de responsabilidad estn ocupados por jubilados por ejemplo, en el campo del voluntariado as como su peso poltico no indiferente. Es preciso rectificar las imgenes errneas que se dan del anciano, as como los prejuicios y desviaciones comportamentales que, en nuestros das, han menoscabado su figura.

Se debe dar la posibilidad a los ancianos de ejercer influencia en las polticas relacionadas con su vida, pero tambin con la vida de la sociedad en general; esto, mediante organizaciones de la categora y representantes a nivel poltico y sindical. Ha de fomentarse, pues, la creacin de asociaciones de ancianos y hay que apoyar aquellas ya existentes que, como lo desea Juan Pablo II, deben ser reconocidas por los responsables de la sociedad como expresin legtima de la voz de los ancianos, y sobre todo de los ancianos ms desheredados . (7)

Para poner remedio a la cultura de la indiferencia, al individualismo exasperado, a la competitividad y al utilitarismo, que actualmente constituyen una amenaza en todos los mbitos del consorcio humano, y con el fin de evitar toda ruptura entre las generaciones, es necesario promover una nueva mentalidad, nuevas costumbres, nuevos modos de ser, una nueva cultura. Buscar un bienestar y una justicia social que no olviden colocar a la persona humana, y su dignidad, en el centro de sus objetivos.

 IV.  LA IGLESIA Y LOS ANCIANOS

La vida de los ancianos [...] ayuda a captar mejor la escala de los valores humanos, ensea la continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del pueblo de Dios . (8) La Iglesia es, de hecho, el lugar donde las distintas generaciones estn llamadas a compartir el proyecto de amor de Dios en una relacin de intercambio mutuo de los dones que cada cual posee por la gracia del Espritu Santo. Un intercambio en el que los ancianos transmiten valores religiosos y morales que representan un rico patrimonio espiritual para la vida de las comunidades cristianas, de las familias y del mundo.

La prctica religiosa ocupa un lugar destacado en la vida de las personas ancianas. La tercera edad parece favorecer una apertura especial a la trascendencia. Lo confirman, entre otras cosas, su participacin, en gran nmero, en las asambleas litrgicas; el cambio decisivo en muchos ancianos que se acercan de nuevo a la Iglesia despus de aos de alejamiento, y el espacio importante que se da a la oracin: sta representa una aportacin invaluable al capital espiritual de oraciones y sacrificios del cual la Iglesia se beneficia abundantemente y que ha de revalorarse en las comunidades eclesiales y en las familias.

Vivida en forma sencilla, pero no por esto menos profunda, la religiosidad de las personas ancianas, hombres y mujeres determinada tambin por la mayor o menor intensidad que ha tenido su modo de vivir la fe en las etapas anteriores de la vida se presenta en formas bastante diversificadas.

A veces lleva las connotaciones de un cierto fatalismo: en tal caso, el sufrimiento, las limitaciones, las enfermedades, las prdidas vinculadas con esta fase de la vida se consideran como un signo de Dios, ciertamente no benvolo, ms bien como castigo. La comunidad eclesial tiene la responsabilidad de purificar ese fatalismo, haciendo evolucionar la religiosidad del anciano y dando una perspectiva de esperanza a su fe.

En esta tarea, la catequesis tiene el papel fundamental de disolver la imagen de un Dios implacable, llevando al anciano a descubrir el Dios del amor. El conocimiento de la Escritura, la profundizacin de los contenidos de nuestra fe, la meditacin sobre la muerte y resurreccin de Cristo, ayudarn al anciano a superar una concepcin retributiva de su relacin con Dios, que nada tiene que ver con su amor de Padre. Al participar en la oracin litrgica y sacramental de la comunidad cristiana y compartir su vida, el anciano comprender cada vez ms que el Seor no permanece impasible ante el dolor del hombre ni ante el peso de su propia vida.

Es deber de la Iglesia anunciar a los ancianos la buena noticia de Jess que se revela a ellos como se revel a Simen y a Ana, los anima con su presencia y los hace gozar interiormente por el cumplimiento de las esperanzas y promesas que ellos han sabido mantener vivas en sus corazones (cf. Lc 2, 25-38).

Es deber de la Iglesia ofrecer a los ancianos la posibilidad de encontrarse con Cristo, ayudndoles a redescubrir el significado de su propio Bautismo, por medio del cual han sido sepultados con Cristo en la muerte, para que as como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, as tambin [ellos] lleven una vida nueva (Rom 6, 4), y encuentren el sentido de su propio presente y futuro. La esperanza, en efecto, hunde sus races en la fe en esa presencia del Espritu de Dios, que resucit a Jess de entre los muertos y har revivir nuestros cuerpos mortales (cf. ibid. 8, 11). La conciencia de una nueva vida en el Bautismo hace que en el corazn de una persona anciana no desfallezca el asombro del nio ante el misterio del amor de Dios manifestado en la creacin y en la redencin.

Es deber de la Iglesia hacer adquirir a los ancianos una viva conciencia de la tarea que tienen, ellos tambin, de transmitir al mundo el Evangelio de Cristo, revelando a todos el misterio de su perenne presencia en la historia. Y hacerlos tambin conscientes de la responsabilidad que se desprende, para ellos, de ser testigos privilegiados ante la comunidad humana y cristiana de la fidelidad de Dios, que mantiene siempre sus promesas al hombre.

La pastoral de evangelizacin o reevangelizacin del anciano debe estar enfocada hacia el desarrollo de la espiritualidad que caracteriza esa edad, es decir, la espiritualidad de ese continuo renacer que Jess mismo indica al anciano Nicodemo, invitndolo a que no se deje detener por la vejez y se empee a renacer, en el Espritu, a una vida siempre nueva, llena de esperanza, porque lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espritu, es espiritual (Jn 3, 5).

A todos sus discpulos, en todas las etapas de la vida, Cristo hace un llamamiento a la santidad: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Los ancianos tambin, no obstante el transcurso de los aos que puede apagar impulsos y entusiasmos, deben sentirse ms que nunca llamados a medirse con los horizontes fascinantes de la santidad cristiana: el cristiano no debe dejar que la apata y el cansancio lo detengan en su camino espiritual.

Esta tarea pastoral incluye la necesidad de formar sacerdotes, operadores y voluntarios jvenes, adultos y los mismos ancianos que, ricos en humanidad y espiritualidad, tengan la capacidad de acercarse a las personas de la tercera y de la cuarta edad y de satisfacer esperanzas, con frecuencia muy individualizadas, de orden humano, social, cultural y espiritual.

Los ancianos, con sus exigencias espirituales, tendrn que ser tenidos en cuenta tambin por los distintos sectores de la pastoral especializada: desde la pastoral familiar que no puede descuidar su relacin con la familia, no slo en el mbito de los servicios, sino en el de la vida religiosa hasta la pastoral social, sin olvidar la pastoral de los agentes sanitarios.

Es indispensable, en la tarea pastoral, la aportacin de los ancianos mismos que, de su riqueza de fe y de vida, pueden sacar cosas nuevas y cosas antiguas, no slo en beneficio propio, sino de toda la comunidad. Lejos de ser sujetos pasivos de la atencin pastoral de la Iglesia, los ancianos son apstoles insustituibles, sobre todo entre sus coetneos, pues nadie conoce mejor que ellos los problemas y la sensibilidad de esa fase de la vida humana. Cobra especial importancia, hoy, el apostolado de los ancianos con los ancianos en forma de testimonio de vida. En nuestros tiempos, escribi Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, el hombre escucha ms a gusto a los que dan testimonio que a los que ensean, o si escucha a los que ensean es porque dan testimonio (n. 41). No es secundario, por tanto, el anuncio directo de la palabra de Dios del anciano al anciano, y del anciano a las generaciones de los hijos y de los nietos.

Mediante la palabra y la oracin, pero tambin con las renuncias y los sufrimientos que la edad avanzada lleva consigo, los ancianos han sido y siguen siendo siempre testigos elocuentes y comunicadores de la fe en las comunidades cristianas y en las familias. A veces incluso en condiciones de verdadera persecucin. Como ha sido el caso, por ejemplo, en los regmenes totalitarios ateos del socialismo real en el siglo veinte. ?Quin no ha odo hablar de las babuskas rusas? Las abuelas que, durante largas dcadas en las que cualquier expresin de fe equivala a ejercer una actividad criminal, fueron capaces de mantener viva la fe cristiana, transmitindola a las generaciones de sus nietos. Gracias a su valor, no desapareci totalmente la fe en los pases ex-comunistas, y hoy existe un punto de apoyo aunque mnimo para la nueva evangelizacin. El Ao del Anciano brinda una ocasin preciosa para recordar esas figuras extraordinarias de ancianos hombres y mujeres y su silencioso y heroico testimonio. No slo la Iglesia, sino la civilizacin humana, les debe mucho.

Un papel importante en la promocin de la participacin activa de los ancianos en la obra de evangelizacin lo desempean, hoy, las asociaciones y movimientos eclesiales, uno de los dones del Espritu a [la Iglesia de] nuestro tiempo . (9) En las varias asociaciones presentes en nuestras parroquias, los ancianos ya han encontrado un terreno muy frtil para su propia formacin, su compromiso y su apostolado, transformndose en verdaderos protagonistas en la comunidad cristiana. No faltan tampoco asociaciones, grupos y comunidades que trabajan especficamente en el mundo de la tercera edad. Gracias a sus carismas, todas estas realidades crean ambientes de comunin entre las generaciones y un clima espiritual que ayuda a los ancianos a mantener el impulso y la juventud espiritual.

 V.  ORIENTACIONES PARA UNA PASTORAL DE LOS ANCIANOS

Al compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo , (10) la Iglesia adems de entregarse a ellos con materna solicitud, mediante obras de asistencia y de caridad pide a los ancianos que continen su misin evangelizadora, no slo posible y justa tambin en la vejez, sino transformada por la misma edad en algo especfico y original.

En la exhortacin apostlica post-sinodal Christifideles laici sobre la vocacin y la misin de los laicos, Juan Pablo II, dirigindose a los ancianos, escribe: La cesacin [...] de la actividad profesional y laboral [abre] un espacio nuevo a [vuestra] tarea apostlica. Es un deber que hay que asumir, por un lado, superando decididamente la tentacin de refugiarse nostlgicamente en un pasado que no volver ms, o de renunciar a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un mundo de continuas novedades; y, por otra parte, tomando conciencia cada vez ms clara de que su propio papel en la Iglesia y en la sociedad de ningn modo conoce interrupciones debidas a la edad, sino que conoce slo nuevos modos. [...] La entrada en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; y no slo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino tambin y sobre todo porque ste es el perodo de las posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de conocer y vivir ms profundamente el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Iglesia para todo el Pueblo de Dios (n. 48).

La comunidad eclesial, por su parte, est llamada a responder a las expectativas de participacin de los ancianos, valorizando el don que ellos representan como testigos de la tradicin de fe (cf. Sal 44, 2; x 12, 26-27), maestros de vida (cf. Eclo 6, 34; 8, 11-12) y agentes de caridad. Y debe, por tanto, sentirse interpelada a reconsiderar la pastoral de la tercera edad como espacio abierto a la accin y colaboracin de los mismos ancianos.

Entre los mbitos que ms se prestan al testimonio de los ancianos en la Iglesia, no se deben olvidar:

El amplio campo de la caridad: gran parte de los ancianos gozan de suficientes energas fsicas, mentales y espirituales que les permiten comprometer generosamente su propio tiempo libre y sus capacidades en acciones y programas de voluntariado.

El apostolado: los ancianos pueden contribuir ampliamente al anuncio del Evangelio, como catequistas y como testigos de vida cristiana.

La liturgia: muchos ancianos contribuyen ya eficazmente a cuidar de los lugares de culto. Las personas de la tercera edad, si reciben una formacin adecuada, podran desempear, en mayor nmero, los oficios de Lector y Aclito, ejercer el ministerio extraordinario de la Eucarista y desarrollar la actividad de animadores de la liturgia, as como la de fieles cultores de las formas de piedad eucarstica y de las devociones, sobre todo de la devocin mariana y de los santos.

La vida de las asociaciones y de los movimientos eclesiales: sobretodo despus del Concilio, se ha manifestado una gran apertura, por parte de los ancianos, a la dimensin comunitaria de la vida de fe. El desarrollo de numerosas realidades eclesiales que representan un gran enriquecimiento para la Iglesia se debe tambin a una participacin que integra las generaciones y manifiesta la riqueza y la fecundidad de los distintos carismas del Espritu.

La familia: los ancianos representan la memoria histrica de las generaciones ms jvenes y son portadores de valores humanos fundamentales. Dondequiera que falta la memoria faltan las races y, con ellas, la capacidad de proyectarse con la esperanza en un futuro que vaya ms all de los lmites del tiempo presente. La familia y, por tanto, toda la sociedad recibirn un gran beneficio con la revaloracin del papel educativo del anciano.

La contemplacin y la oracin: es preciso estimular a los ancianos, a que consagren los aos que estn ocultos en la mente de Dios a una nueva misin iluminada por el Espritu Santo, dando as principio a una etapa de la vida humana que, a la luz del misterio del Seor, se revela como la ms rica y prometedora. A este respecto, Juan Pablo II, dirigindose a los participantes en el Forum internacional sobre el envejecimiento activo, deca: Los ancianos, gracias a su sabidura y experiencia, fruto de toda una vida, han entrado en una poca de gracia extraordinaria que les abre inditas oportunidades de oracin y de unin con Dios. Les son dadas nuevas energas espirituales, que ellos estn llamados a poner al servicio de los dems, haciendo de la propia vida una ferviente oferta al Seor y Dador de vida . (11)

La prueba, la enfermedad, el sufrimiento: estas experiencias representan el momento que hace completar , en la carne y en el corazn, la pasin de Cristo por la Iglesia y por el mundo (cf. Col 1, 24). Es importante guiar a los ancianos y no slo a ellos para que sepan captar, en esas circunstancias, la dimensin del testimonio del abandono en las manos de Dios, siguiendo las huellas del Seor. Pero eso ser posible slo en la medida en que la persona anciana se sienta amada y respetada. La preocupacin por los ms dbiles, los que sufren, los no autosuficientes, es deber de la Iglesia y prueba de la autenticidad de su maternidad. Habr, pues, que brindar a los ancianos toda una serie de cuidados y servicios, para que no se sientan intiles, o un peso para los dems, y vivan el sufrimiento como posibilidad de encuentro con el misterio de Dios y del hombre.

El compromiso en favor de la cultura de la vida : el momento de la enfermedad y del sufrimiento remite por excelencia al principio inalienable del carcter sagrado e inviolable de la vida. La misin misma de Jess, con las numerosas curaciones que l realiz, indica cmo Dios tiene en cuenta tambin la vida corporal del hombre (cf. Lc 4, 18). Pero el hombre no puede elegir arbitariamente entre vivir y morir, entre dejar vivir y dejar morir: de ello dispone slo Aquel en el cual vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28; cf. Dt 32, 39). Ese cerrarse a la trascendencia, tpico de nuestros das, va alimentando siempre ms la tendencia a apreciar la vida slo en la medida en que aporta bienestar y placer, y a considerar el sufrimiento como una amenaza insoportable de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada como cosa absurda si interrumpe una vida abierta a un futuro lleno de posibles experiencias interesantes, se transforma en liberacin reivindicada cuando se contempla la existencia como algo que no tiene sentido, por estar sumergida en el dolor. Este es el contexto cultural del drama de la eutanasia, que la Iglesia condena por ser una grave violacin de la Ley de Dios en cuanto eliminacin deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana . (12)

Teniendo en cuenta la gran diversidad de las situaciones y condiciones de vida de los ancianos, la pastoral de la tercera y la cuarta edad debera incluir la realizacin de iniciativas que permitan el logro de objetivos como los que siguen:

Dar a conocer mejor las necesidades de los ancianos, no por ltima la de poder contribuir a la vida de la comunidad desempeando actividades apropiadas a su condicin peculiar. Este conocimiento dar la posibilidad de estructurar acciones adecuadas y de sensibilizar y comprometer a las comunidades eclesiales y civiles para que se orienten hacia aquellas opciones que parecen ser evanglicamente y culturalmente ms vlidas, teniendo en cuenta tambin la renovacin de las obras caritativas y asistenciales de la Iglesia.

Ayudar a los ancianos a superar las actitudes de indiferencia, desconfianza y renuncia a una participacin activa, a una responsabilidad comn.

Integrar a los ancianos, sin discriminaciones, en la comunidad de los creyentes. Todos los bautizados, en todo momento de la vida, deben poder renovar la riqueza de la gracia del propio Bautismo y vivirla plenamente. Nadie debe quedarse sin el anuncio de la Palabra de Dios, sin el don de la oracin y de la gracia de Dios, sin el testimonio de la caridad.

Organizar la vida de la comunidad, de manera que en ella se favorezca y se promueva la participacin de las personas ancianas, valorizando las capacidades de cada una. Con ese objeto, las dicesis deberan crear departamentos especiales para el ministerio de los ancianos; se estimulara, as, a las parroquias, a que desarrollen actividades espirituales, comunitarias y de recreo para ese grupo de edad; hay que promover el servicio de los ancianos en los consejos diocesanos y parroquiales y en los consejos para asuntos econmicos.

Facilitar la participacin de los ancianos en la celebracin de la Eucarista; darles la posibilidad de acercarse al sacramento de la Reconciliacin y de tomar parte en peregrinaciones, retiros y ejercicios espirituales, procurando que no se impida su presencia por la falta de acompaamiento o debido a barreras arquitectnicas.

Recordar que la atencin y asistencia a los enfermos ancianos no autosuficientes, o a los que por debilitamiento senil han perdido las propias facultades mentales, es tambin una atencin espiritual a travs de los signos mediadores de la oracin y de la cercana en la fe, como testimonio del valor inalienable de la vida, incluso cuando sta ha llegado al extremo lmite de las fuerzas fsicas.

Otorgar una especial atencin a la administracin del sacramento de la Uncin de los Enfermos y del mismo Vitico, dando una preparacin catequtica adecuada. Si las circunstancias lo consienten, es deseable que los pastores incluyan la administracin de la Uncin de los Enfermos en celebraciones comunitarias, tanto en las parroquias como en los lugares de residencia de los ancianos.

Contrarrestar la tendencia a dejar solos, sin asistencia religiosa y consuelo humano, a los moribundos. Esta tarea no corresponde slo a los capellanes, cuyo papel es fundamental, sino tambin a los familiares y a la comunidad de pertenencia.

Prestar una atencin particular, por un lado, a los ancianos de otras confesiones religiosas, para ayudarles a vivir su propia fe con espritu de caridad y de dilogo; y, por otro, a los ancianos no creyentes, ante los cuales no se debe dejar de testimoniar la propia fe con espritu de fraternidad y de solidaridad.

Recordar que si los ancianos tienen derecho a un espacio en la sociedad, con mayor razn les corresponde un lugar respetable en la familia. Recordar a la familia, llamada a ser una comunin de personas, la misin que le compete de conservar, revelar y comunicar el amor. Insistir en el deber que ella tiene de proveer a la asistencia de los familiares ms dbiles, incluso los ancianos, rodendolos de cario. Y hacer hincapi en la necesidad de apoyos adecuados para la familia: subsidios econmicos, servicios sociosanitarios, y polticas para la casa, las pensiones y la seguridad social.

Preocuparse por los ancianos que viven en estructuras residenciales pblicas o privadas. Estar lejos de la propia familia ser para ellos menos traumtico, si cada comunidad mantiene los vnculos con los propios ancianos. La comunidad parroquial, familia de familias tendr que transformarse en diacona para las personas ancianas y sus problemas, buscando una colaboracin con los responsables de dichas estructuras, con el objeto de encontrar los modos adecuados de asegurar la presencia del voluntariado, la animacin cultural y el servicio religioso. ste tendr que garantizar el alimento eucarstico de los ancianos, procurando que la Comunin asuma el significado de participacin en la celebracin del da del Seor, de signo de la paternidad de Dios y de la fecundidad de una vida y de un sufrimiento que, si no estn iluminados por el consuelo del Seor, corren el riesgo de perderse en la tristeza e incluso en la desesperacin.

No olvidar que, entre los ancianos, hay sacerdotes: ministros de la Iglesia y pastores de las comunidades cristianas. La Iglesia diocesana tiene que hacerse cargo de ellos a travs de medidas y estructuras adecuadas. Tambin las comunidades parroquiales estn llamadas a colaborar con el objeto de que los sacerdotes ancianos que por la edad avanzada o por motivos de salud se retiran del ministerio activo, encuentren una situacin conveniente. Eso mismo vale para las comunidades religiosas y para sus superiores, que deben prestar una atencin particular a sus hermanos y hermanas ancianos.

Educar a los jvenes pertenecientes a grupos, asociaciones y movimientos presentes en las parroquias, a la solidaridad con los miembros ms ancianos de la comunidad eclesial; una solidaridad entre generaciones que se expresa tambin en la compaa que los jvenes pueden ofrecer a los ancianos. Los jvenes que tienen la oportunidad de estar con los ancianos saben que esta experiencia los forma y los hace madurar, ayudndoles a adquirir una visin atenta a los dems que les ser til durante toda la vida. En una sociedad donde reinan el egosmo, el materialismo y el consumismo, y en la cual los medios de comunicacin no contribuyen a disminuir la creciente soledad del hombre, valores como la gratuidad, la entrega, la compaa, la acogida y el respeto por los ms dbiles representan un desafo para quienes desean que se forme una nueva humanidad y, por tanto, tambin para los jvenes.

Para realizar toda la accin pastoral en favor de los ancianos ser especialmente ilustrativa y til una constante referencia al Decreto conciliar Apostolicam actuositatem y a los documentos publicados por el Magisterio en los ltimos aos, especialmente la Exhortacin apostlica post-sinodal Christifideles laici, la Carta apostlica Salvifici doloris y la Exhortacin apostlica Familiaris consortio.

 CONCLUSION

Nuestro breve viaje por el mundo de la tercera y de la cuarta edad ha puesto de relieve muchos problemas que les conciernen y requieren acciones precisas por parte de la comunidad civil, as como una especial atencin pastoral por parte de la comunidad eclesial. Sin embargo, se ha descubierto la riqueza en humanidad y sabidura de las personas ancianas, que tanto tienen qu ofrecer todava a la Iglesia y a la sociedad.

Caminar con los ancianos, tenerlos en cuenta, es un deber de todos. Ha llegado el tiempo de comenzar a actuar con miras a un efectivo cambio de mentalidad respecto a ellos y de darles el lugar que les pertenece en la comunidad humana.

La sociedad, y las instituciones destinadas a esa tarea, estn llamadas a abrir a los ancianos espacios adecuados de formacin y de participacin, y a garantizar formas de asistencia social y sanitaria adecuadas a las distintas exigencias y que respondan a la necesidad de la persona humana de vivir con dignidad, en la justicia y en la libertad. Con ese objeto, junto a un compromiso del Estado en favor de la promocin y tutela del bien comn, hay que sostener y valorizar respetando el principio de subsidiariedad la accin del voluntariado y la aportacin de las iniciativas inspiradas en la caridad cristiana.

La comunidad eclesial debe hacer lo posible por ayudar al anciano a vivir su vejez a la luz de la fe y a redescubrir por s mismo el valor de los recursos que todava est en condiciones de poner al servicio a los dems y que tiene la responsabilidad de ofrecer a los dems. El anciano debe ser siempre ms consciente de que tiene an un futuro por construir, porque todava no se ha agotado su tarea misionera de dar testimonio a los pequeos, a los jvenes, a los adultos, y a sus mismos cotneos, de que fuera de Cristo no hay sentido, ni alegra, tanto en la vida personal como en la vida con los dems.

La mies es mucha (Mt 9, 37). Estas palabras del Seor se aplican muy bien al campo de la pastoral de la tercera y de la cuarta edad, un campo que, por su misma amplitud, requiere la obra y el esfuerzo generoso y apasionado de muchos apstoles, de muchos agentes de pastoral, de testigos que sepan convencer acerca de la plenitud que puede caracterizar esta etapa de la vida, siempre que est fundada en la roca que es Cristo (cf. Mt 7, 24-27).

Un ejemplo extraordinario de esta verdad nos lo da Juan Pablo II, gran testigo, tambin en esto, para el hombre actual. El Papa vive su vejez con extrema naturaleza. Lejos de ocultarla (?quin no lo ha visto bromear con su bastn?), la pone ante los ojos de todos. Con serena sencillez, dice de s mismo: Soy un sacerdote anciano . Vive la propia vejez en la fe, al servicio del mandato que le ha sido confiado por Cristo. No se deja condicionar por la edad. Sus setenta y ocho aos cumplidos no lo han privado de la juventud del espritu. Su innegable fragilidad fsica no ha hecho mella, en lo ms mnimo, en el entusiasmo con que se dedica a su misin de Sucesor de Pedro. Sigue sus viajes apostlicos por todos los continentes. Y es sorprendente constatar cmo su palabra adquiere siempre mayor fuerza, cmo llega, ms que nunca, hasta el corazn de las personas.

El camino con los ancianos, si est acompaado de una pastoral atenta a las distintas necesidades y carismas, abierta a la participacin de todos y dirigida hacia la valorizacin de las capacidades de cada cual, representar una riqueza para toda la Iglesia. Es deseable, por tanto, que lo emprendamos en gran nmero, con valor, captando su significado profundo de camino de conversin del corazn y de don entre generaciones.

El ao 1999, dedicado por las Naciones Unidas a los ancianos, es el ao dedicado a Dios Padre en el marco del Gran Jubileo. Una coincidencia providencial que puede ser la ocasin, para las generaciones ms jvenes, de reconsiderar y volver a establecer una relacin con la generacin de sus propios padres; y para quien ya no es tan joven, de reexaminar la propia existencia colocndola en la perspectiva gozosa del testimonio por el cual toda la vida cristiana es como una gran peregrinacin hacia la casa del Padre, del que se descubre cada da el amor incondicionado a toda criatura humana . (13)

En el ao 2000, ao jubilar que introduce al pueblo de Dios en el tercer milenio de la era cristiana, el da 17 de septiembre estar dedicado a los ancianos. Esperamos que no falten a esa importante cita. Y confiamos en que la perspectiva del Gran Jubileo inspire iniciativas a nivel local, diocesano, nacional e internacional que permitan a las personas ancianas expresar siempre ms, y siempre en mayor nmero, sus capacidades de participar, de dar esperanza y de recibir esperanza. Porque slo con ellas, y gracias a ellas, se podrn cantar las alabanzas al Seor de generacin en generacin (cf. Sal 78 [79], 13).

Vaticano, 1 de octubre de 1998

StanisLaw Rylko.  Secretario

James Francis Card. Stafford.  Presidente

(1) La divisin poblacin del Departamento de asuntos econmico-sociales de las Naciones Unidas public, el 26 de octubre de 1998, una actualizacin de los clculos y proyecciones en materia demogrfica. En el captulo dedicado al aumento del nmero de personas ancianas, resulta, entre otras cosas, que los 66 millones de personas de ms de ochenta aos de edad, presentes hoy en el mundo, estn destinados a aumentar a 370 millones en el ao 2050, cuando se contarn entre ellos 2,2 millones de centenarios.

(2) Los ltimos estudios de las Naciones Unidas estn modificando tendiendo siempre a la baja las previsiones sobre el aumento de la poblacin en las prximas dcadas. El FNUAP (Fondo de Poblacin de las Naciones Unidas), en su informe sobre el estado de la poblacin mundial de 1998, confirma esa parlisis demogrfica. Slo en un nmero muy reducido de pases de frica sigue siendo elevada la natalidad. En las otras partes de Asia hasta Amrica Latina la tasa de natalidad va moderando el paso cada vez ms.

(3) La aplicacin de estos principios, la quinta revisin del Plan internacional de accin, as como la revisin de la estrategia adoptada en 1992 por la Asamblea de las Naciones Unidas, constituyen los Objetivos globales relativos al envejecimiento para el ao 2001 .

(4) Insegnamenti di Giovanni Paolo II VII, 1 (1984), p. 744.

(5) Insegnamenti, V, 3 (1982), p. 125.

(6) Juan Pablo II, Discurso a la Iglesia italiana reunida en Palermo con motivo del tercer Encuentro eclesial, L'Osservatore Romano, 24 de noviembre de 1995, p. 5.

(7) Insegnamenti V, 3 (1982), p. 130.

(8) Insegnamenti III, 2 (1980), p. 539.

(9) Cf. Juan Pablo II, Homila durante la Vigilia de Pentecosts, L'Osservatore Romano, 27-28 de mayo, 1996, p. 7.

(10) Constitucin pastoral Gaudium et spes, 1.

(11) Insegnamenti III, 2 (1980), p. 538.

(12) Carta encclica Evangelium vitae, 65.

(13) Carta apostlica Tertio millennio adveniente, 49.