Maltrato de las personas mayores. Análisis desde una perspectiva de género

Lunes, 27 de Octubre de 2008

Canal: Artículos, experiencias, actividades

Dra. María Magdalena Rodríguez Fernández.
Especialista de II Grado en Geriatria y Gerontologia
Corresponsal de la RLG en Cuba

Octubre 2008.

Introducción.
Sin lugar dudas se trata de un Problema Social oculto  que obedece a la sumatoria de varios elementos  desde la falta de consenso, a las debilidades metodológicas en las investigaciones realizadas,  la escasez de muestras representativas  y de denuncias  efectuadas e insuficiente sensibilización social y profesional  , así como a la falta de un marco  teórico de referencia. No obstante, muchos estudiosos consideran ( Kosberg ) que el maltrato persistirá mientras coexistan  la violencia y los prejuicios en contra de la vejez porque ellos no son más que el resultado de la interacción dinámica entre valores, metas y prioridades de las personas, las familias y la sociedad. Por tanto, se hace imprescindible prestar atención a ciertos factores del entorno que condicionan la aparición de la violencia como son el desempleo, la pobreza, la falta de recursos sociales, la existencia de familias abusivas y el hedonismo personal.

En el año 2002 durante  la declaración de Toronto se precisaron aspectos más concretos del fenómeno social como son la  ausencia de marcos legales, la necesidad de la participación de múltiples sectores  de la sociedad en su prevención, el papel  primordial que tienen los profesionales de la atención primaria y sobre todo la urgencia de que sea considerado como un problema universal que exige una perspectiva cultural y de género , a la vez que una amplia educación  e información  a través de los medios informales o de  comunicación  para propiciar la creación de una cultura que apunte hacia la solidaridad  intergeneracional y se oponga a todo tipo de violencia, aceptando de una vez a la vejez como una etapa más del ciclo vital.

 
¿Por qué los malos tratos hacia las personas mayores? 

En investigaciones referidas a la violencia familiar en general se reconoce que la violencia  (Finkelhor ,1983) se produce fundamentalmente en el contexto de la familia y se dirige siempre contra los seres más débiles y vulnerables, como consecuencia de una relación desequilibrada de poder. Durante mucho tiempo ha sido un tema polémico el tratar o no al maltrato a los mayores simplemente como una forma más de violencia doméstica, pero existen autores que  señalan que las divergencias entre ambos tipos de violencia están definidas por   la edad de la víctima  y en la relación establecida entre esta y el perpetrador más que en el acto como tal (Stienmetz, 1990), A pesar de todo, en la actualidad existe la tendencia de considerar el maltrato de las personas mayores como fenómeno singular que ha de ser tenido en cuenta de forma particular, aunque no aislado del todo de los conflictos familiares.

Existen características que lo distinguen del maltrato infringido contra otros grupos vulnerables como son la existencia de estereotipos sociales  negativos en relación con la vejez lo que conlleva al la falta de preocupación por estas personas en  el medio social, de forma que los medios de comunicación prestan poca o ninguna importancia  al tema, además  existe un vacío legislativo y falta de conciencia social en cuanto a la protección de los mayores como un deber de la sociedad que  centra su atención más en el abuso contra mujeres y niños, cuya situación además de no ser definitiva, es muchas veces menos desventajosa que la de las personas mayores. Otro aspecto que  dificulta al análisis y abordaje del tema es que la detección es mucho más difícil por cuanto los mayores tienen menores relaciones sociales y con frecuencia son situaciones que se derivan de antiguos resentimientos acumulados contra la persona mayor a lo largo de la vida.

Según Carpa ( 1999) al tratar de explicar el abuso a los mayores mediante la teoría de la adaptación de Lawton, el abuso se presenta cuando las interacciones entre el anciano,  el cuidador y el entorno no son  favorables Se entiende que son numerosas las situaciones que propician la aparición del maltrato desde la  presencia de dependencia  que demanda los esfuerzos de un cuidador , casi siempre una mujer que suma a sus deberes cotidianos el cuidado de la persona discapacitada  quedando en una situación de desventaja ante  el resto de la familia, hasta el caso de la pareja de ancianos  en la que uno ha de ocuparse del otro, aún  cuando se desencadena una situación de angustia prolongada que deviene en episodios de agresividad recíproca o asimétrica.

Por lo regular  el abuso  contra  las personas mayores  suelen ser actos repetitivos , que  aparecen sin distinción de clase social, cultural , económica o étnica y de los cuales muchas veces la víctima es incapaz de defenderse porque existe cierto grado de deterioro en sus capacidades funcionales,  temor  a las posibles  represalias  consecutivas  o de enfrentarse a la incredulidad social, lo que se deriva en una actitud de aceptación inevitable que ha sido  denominada “indefensión aprendida” dado que muchos ancianos consideran que el maltrato es una condición inherente a la vejez que debe ser aceptada, situación que indudablemente entorpece la detección e intervención .Debido a esto, el INPEA ( Red Internacional de Prevención del abuso contra las personas mayores ) supone que los datos de incidencia y prevalencia reportados no son más que la punta del Iceberg, dado los numerosos factores que favorecen el sesgo de la información.

Obviamente, estamos ante una situación que exige un abordaje interdisciplinario en el cual la ley juega un papel notorio. a pesar de que es preciso considerar que el mero hecho de que exista una ley no garantiza el respeto a los mayores y el fondo del problema reclama un  enfoque más integral puesto que una gran parte de los casos guardan relación con falta de sensibilización, desconocimiento o sobrecarga de trabajo.  La criminalidad  es un fenómeno que  no discrimina por edad y es necesario generar redes primarias de apoyo que contribuyan a que las personas mayores se cuiden entre sí con participación de las demás generaciones . Por estas razones , la estrategia regional sobre el envejecimiento  y la creación de entornos  favorables  en América Latina llama a combatir la violencia, el abuso y la negligencia tanto como la explotación de las personas mayores, estableciendo leyes y normas que penalicen toda forma de maltrato físico, psicológico, emocional o económico.

 
Algunas consideraciones acerca del enfoque de género:  

El análisis del maltrato con un enfoque de género exige aceptar la gran falta de consenso que se deriva de diversas investigaciones con resultados muy  disímiles, de forma tal que  muchos autores consideran que se trata de un hecho que se presenta   en ambos sexos., aunque con ciertas variaciones en relación con el tipo de maltrato  ya que con mayor frecuencia el abuso físico se usa más por los hombres, mientras que las mujeres emplean los actos de negligencia.

Se ha planteado que la feminización del envejecimiento propicia  que  las mujeres sean más susceptibles de sufrir la pérdida de la participación con aumento de la dependencia haciéndolas más vulnerables al maltrato y la discriminación. (Andraeas Lob,2006, Perú) lo que concuerda con lo planteado por el Consejo económico social de la ONU (2007). Pero nos encontramos frente a un fenómeno que por sus características es difícil de precisar pues mientras  algunos autores (Tatatra, 1993) consideran que la mujer es víctima con mayor frecuencia ( 80%) y que es muy probable que el varón sea el maltratador , otros como  Quigley (1993) en su estudio de personas de más de 80 años  encontró un mayor número de víctimas entre los hombres .  Más tarde, en 1988. Pillemer y Finkelhor establecen que la tasa de victimización del varón está en 5% y duplica a la de la mujer, lo que fue discutido posteriormente por Wolf  (1994) porque el número de mujeres mayores de 80 años supera al de los hombres y finalmente  Barnett afirma acertadamente  que en general los resultados  en cuanto a género y maltrato son muy contradictorios.

Todo parece indicar que el maltrato o explotación  económica es el más frecuente en ambos sexos  lo que ha sido planteado en varios estudios como el de Canadá , Estados Unidos y en Alemania en que se registran más de 1000 llamadas telefónicas de denuncia por violencia psíquica y negligencia ,en su mayoría contra mujeres residentes en su domicilio.

Sin duda el tema de las diferencias de género en el maltrato a los adultos mayores, ha devenido en polémico, en tanto que durante un tiempo se describió el perfil del maltratado como una mujer de más de 75 años de edad y con cierto grado de discapacidad física o psíquica; pero a partir de numerosos estudios ha quedado el tema en tela de juicio, a pesar  de que no existe consenso al respecto y la calidad de las investigaciones es discutible en algunos casos. En los casos de  parejas de adultos mayores que viven solos  se hace más notoria la explotación material y la violencia verbal, pero no se reportan diferencias significativas relativas al género.

No obstante, existe estudios que apuntan a que el hombre tiene  dos veces mayor probabilidad de ser maltratado y parecen ser más vulnerables  que las mujeres de su cohorte generacional  sobre todo cuando conviven con alguien; pero la mujer corre el riesgo de sufrir maltrato de mayor gravedad .En el caso de los primeros  muchos  sostienen  que los hombres maltratados  tienden a ser  “moneda de cambio”, y se considera que muchos pagan el precio de antiguos abusos contra sus hijos y esposas (Tatara). Por otra parte,  algunos consideran que  las probabilidades de ser víctimas son iguales para ambos sexos , pero las consecuencias físicas y psíquicas son más significativas en las mujeres a pesar de que  en algunos estudios ellas son las maltratadoras en más de la mitad de los casos., lo que se contrapone a la teoría de la “violencia como consecuencia de la asimetría de genero’  Esto podría explicarse porque casi siempre el hombre es mayor y tiene más síntomas de dependencia,  pero por otra parte las mujeres son más propensas a declarar la situación que los hombres y por eso  algunos los consideran un grupo de riesgo invisible.

En general, los cónyuges constituyen el segundo grupo más frecuente de maltratadores y se identifican diferencias en cuanto a la forma de efectuar el maltrato de manera que las mujeres suelen ser más perpetradoras de abuso emocional y negligencias  (Molinero y temblequea ); mientras que los hombres emplean más el abuso físico y sexual.

Jonson en 1995, al efectuar el análisis del papel del género en el maltrato a los mayores en el contexto doméstico, apunta que el  varón suele ser la figura dominante en detrimento del rol de la mujer y de  esta forma, la mujer adulta mayor será objeto de discriminación por dos razones,  la edad y  el género; sumándose el sexismo  al edaísmo, que las hace aún más  vulnerables. Esta situación  trasciende en el contexto familiar al punto que las mujeres ancianas suelen ser maltratadas por sus hijos varones  y más frecuentemente por sus  cónyuges  (Aitken,1996).

Mención aparte merece el caso de  muchas parejas en las que  el hombre es y ha sido a lo largo del tiempo la figura dominante en el seno familiar, dejando a la mujer un papel secundario (Jonson, 1995 ) y se ha valido de la violencia y la coerción como medio para llevar el control , derivando en  la llamada violencia doméstica envejecida ,es decir que la mujer se ve obligada a  sufrir en la vejez las consecuencias de un antiguo problema no solucionado oportunamente. Así el hombre, que puede ser víctima de maltrato físico, cuando se convierte en verdugo de la esposa genera verdaderas situaciones de crueldad.

Numerosos autores consideran que las desigualdades de género propician la aparición de malos tratos en el seno familiar (Jones y Schechter , 1992) , incluso algunos consideran que ser mujer y dependiente  constituyen factores de riesgo definidos para sufrir maltrato ( Clarck,1999).

Mas no es pertinente referirse sólo al ámbito familiar pues la violencia social hacia los ancianos constituye la llamada violencia de la indiferencia, al ignorar intencionalmente convirtiendo a la persona mayor en una fuente de victimización , de manera tal que le niega radicalmente el derecho a una vejez  serena.. Por eso “romper el silencio”y sacar a la luz el fenómeno es una medida que se impone tanto en la prevención  como en los casos en los que hay que poner fin a la situación existente.

Otro de los elementos a considerar es  el maltrato estructural al que es particularmente susceptible la mujer, por cuanto no siempre existen las condiciones en el contexto social que le permitan una adecuada satisfacción de sus necesidades básicas y el ejercicio de derechos. El trabajo doméstico  no tiene el  justo reconocimiento social como el laboral y aún prevalecen tendencias sexistas , a  pesar de que lo largo de la vida  la mujer tiene un mayor potencial de funcionalidad social por cuanto cuenta con la posibilidad exclusiva de trasmitir la vida, contribuye con el trabajo doméstico sin recibir reconocimiento social alguno en cambio y con no poca frecuencia se ocupa  del cuidado de los ancianos propiciándole mejor calidad de vida y el consecuente ahorro de los servicios sociales públicos.

A pesar de todo existe una  gran cantidad de mujeres que desempeñan ambos roles, es decir trabajan  dentro y fuera el  hogar En ocasiones se ven obligadas a  entrar más tardíamente  en la población laboral activa, cuando ya los hijos han crecido; y  aún así no pocas veces consiguen ocupar puestos de importancia,, aunque  a veces  se da el caso de la carrera extinguida cuando la mujer se ve obligada a abandonar su profesión en respuesta a acontecimientos familiares  que terminan con su vida laboral y profesional.

Según la CEPAL la mayor parte de las víctimas  y agresores  son mujeres porque el cuidado recae generalmente en ellas y las mujeres  mayores tienen más probabilidad de necesitar cuidados por su mayor sobrevida. De esta forma se ha descrito el perfil  algo controvertido tanto de la víctima como del perpetrador de maltrato (Decalmer. 1994),  de manera que  se considera que la víctima suele ser una mujer de al menos 75 años, portadora de discapacidad física o mental, depresión o  aislamiento social, que ha sido objeto de abusos anteriores en su vida y está preparada para adoptar el rol de enferma, carece de posibilidades para vivir de forma independiente o tiene antecedentes de haberse rebelado con anterioridad.

El maltratador  por su parte, suele ser una persona entre 50 y 70 años de edad familiar  o conocido que de preferencia cohabita con ella, y se encuentra emocionalmente stresado  o con escasos recursos y muchas veces depende del adulto mayor económicamente, suele estar socialmente aislado y tiene antecedentes de haber protagonizado eventos violentos en el pasado o de conductas hostiles contra sus padres en la niñez, consumir alcohol o drogas de otro tipo en la actualidad. Mención aparte merece la situación del  cuidador abusivo que suele expresar sentimientos de cólera, frustración o desesperación constantes y otras veces de  resentimiento por ocupar el rol que le asignaron o de derrumbamiento de todas sus aspiraciones personales con desamparo, aislamiento, soledad ,  y en fin  deterioro de su autoestima.

Teniendo en cuenta que la autonomía y la autodeterminación y  el respeto por la libertad individual, son bases de la convivencia social, han de estar implícitos en  el ámbito socio-sanitario de atención  de lo que se deriva que la enfermedad o la situación de dependencia  no implican la renuncia a los derechos básicos como la información, el respeto, la igualdad e intimidad y en resumen  las personas de todas las edades son merecedoras de recibir un trato digno.

En resumen, no cabe duda de que aunque el maltrato es una situación a la que están expuestos  todos los mayores por vivir en una sociedad en la que priman los estereotipos  y la tendencia a la exclusión social de las personas que ya no  son productivas , pero  el género parece ser  factor que le confiere características singulares al fenómeno en los distintos  sexos , por lo que se hace necesario continuar profundizando en los estudios que tratan el tema para poder diseñar acciones de prevención e intervención que resulten efectivas. en cada caso , siempre respetando la privacidad y autonomía del adulto mayor.

Bibliografía:

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