Nicaragua: Las abuelas, otras vĂ­ctimas de los femicidios

Miércoles, 26 de Julio de 2017

Canal: Recortes de prensa

Violencia de género. Las madres de las víctimas de los femicidios son quienes se hacen cargo de los hijos e hijas de estas. Según especialistas, esta situación las ubica en una posición de mayor desventaja, puesto que sus fuerzas ya no son las mismas.
 
Supo que las malas noticias habían llegado cuando oyó que dos hombres la buscaban en el portal de su casa. “Yo presentía, porque la madre siempre presiente”, recuerda Digna Mercedes Fuentes, una anciana que ha vivido en la misma manzana de tierra de El Chorizal, comunidad de Mateare, la mayor parte de sus 69 años.

—Es que le vengo a decir que la Anita está enferma— le dijo uno de los hombres, ambos desconocidos.

—No, no es que está enferma. La mató el hombre, dígame —reaccionó de inmediato. Al no oír respuesta, insistió: ¿A qué hora la fregó?

—A las nueve de la mañana—confesó el sujeto.

Digna Mercedes se estremece mientras recuerda ese diálogo. Es la única vez que lo hace en toda la entrevista, en la que evade hablar sobre su proceso de duelo. “¡Sentí una tristeza!”, dice, y se seca las lágrimas con sus manos, que están ásperas de tanto recoger leña. 

Fue el 3 de julio de 2011 cuando su hija de 39 años, Ana Mercedes Saravia, fue asesinada a cuchillazos por su esposo, Vicente Antonio Vanegas, entonces de 55 años.

Desde ese día quedaron bajo la tutela de los ancianos cinco de los diez hijos que procreó Saravia en los casi veinte años de matrimonio con Vanegas. “Váyanse con sus abuelos”, les dijo su madre a los más pequeños mientras agonizaba.

Ahora, desde la silla plástica roja donde está sentada Fuentes, cuenta que se sintió afligida cuando los niños llegaron a su casa en Mateare. “Con esa carga que tenía, no era fácil”, dice la anciana de baja estatura y modos toscos.
 
Fuentes, su esposo de 96 años, y uno de sus hijos asumieron la tutela de los niños, quienes en 2011 tenían 3, 6, 9, 11 y 14 años. Con sus ingresos como campesino, el tío de los huérfanos ha asumido la alimentación de sus sobrinos, pero también, Fuentes intenta colaborar con ingresos extras.

La cifra de huérfanos de mujeres víctimas de femicidio desde el 2010 hasta la fecha, podría superar los 400 menores de edad, reporta la Fundación Dina Carrión. Solo en lo que va del 2017, 34 niños y 3 adolescentes perdieron por este delito a sus madres, quedando en muchos casos en tutela de sus abuelas.

“También yo fui violentada por mi esposo”

No hay día en que Jaqueline Muñoz se quite el anillo de oro que en letras de plata refleja “SOS”. Más que una señal de socorro, es una de las pocas pertenencias que conserva de su hija, quien murió hace dos años y medio, víctima de femicidio.

Menuda y de caminar ligero, siempre está dispuesta a contar cómo se ha enfrentado cara a cara con la violencia. “Yo soy de esas mujeres sobrevivientes, también yo fui violentada por mi esposo”, asegura la mujer de 38 años.

El último episodio de violencia machista que vivió Muñoz a manos de su exesposo fue un femicidio frustrado. “Él me quería matar”, cuenta la mujer, quien tuvo tres hijos con su expareja, la primera a los 14 años. “En ese tiempo yo estaba estudiando, y él llegó a golpearme al colegio. Me agarró a patadas, yo quedé ensangrentada y a como pude me levanté”, recuerda.

Logró huir. Ese mismo día, con el uniforme lleno de sangre, fue a la Policía a poner una denuncia. “Me libré de eso. Cayó preso y le dieron baja deshonrosa, porque era policía”, cuenta Muñoz.

Aunque la relación no duró tanto, sus hijos veían cómo su padre maltrataba a su madre. Ahora dice estar consciente que la violencia es “una cadena que tenía que romperse”.

Ese episodio de su adolescencia la impulsó a involucrarse como promotora voluntaria de la Comisaría de la Mujer de su distrito en Managua. Desde allí visitaba a mujeres de su comunidad y les advertía de los peligros mortales de la violencia que ella misma vivió. Pero su hija, para ese entonces menor de 20 años, vivía una relación violenta que ella desconocía.

“El hombre (su yerno) me daba otra cara a mí, yo nunca vi violencia. Siempre el agresor tiene dos caras”, sentencia Muñoz, añadiendo que descubrió que su hija era maltratada hasta poco tiempo antes de su muerte.

Josseling Yahosca Rojas, de 21 años, hija de Jaqueline Muñoz, fue asesinada por su expareja, Justo Francisco Pérez Robleto, de 27 años, en enero de 2015. Una vez que el femicida le propinó 10 estocadas a la joven, se ahorcó en la misma habitación.

Rojas era madre de un niño de cuatro años, quien ahora es cuidado por su abuela. Muñoz cuenta que el proceso de adaptación no fue difícil para su nieto porque ella tenía una relación cercana con él y a menudo lo cuidaba.

El padre del menor, que no era el femicida, visita al niño con frecuencia y entre su abuela materna y él mantienen al niño. “Hay que buscar la manera de sobrevivir”, dice Muñoz, quien tiene una pulpería pequeña instalada en su casa. 

Ahora el niño tiene siete años y es el mejor alumno de su clase. “Él sabe que su mamá está en el cielo”, asegura su abuela.

Una foto de la hija de Muñoz cuelga en la cabecera de la cama del niño. Su abuela recuerda la vez en que él, hablándole a la foto, le prometió a su madre que sería un hombre de bien y un buen papá.

Una segunda maternidad

La vida de los familiares cercanos a una mujer que muere por femicidio cambia repentina y drásticamente. 

Los datos de femicidios recolectados en el país, a partir de reportes periodísticos, confirman que la mayoría de víctimas se encontraban en plena capacidad reproductiva: tenían entre 21 y 40 años, o tenían hijos menores de edad.

Según católicas por el Derecho a Decidir, encargadas de dicho conteo, entre esas edades, fueron ultimadas 19 de las 26 mujeres que han sido asesinadas por violencia machista durante este año, quienes dejaron al menos 34 niños y 3 adolescentes huérfanos.  
Son esos niños y niñas quienes sufren las consecuencias directas de los femicidios. Pero también sufren quienes asumen su crianza: las abuelas.

“Las abuelas maternas son quienes normalmente asumen esa responsabilidad de cuido”, manifiesta Reyna Rodríguez, una feminista con experiencia en la atención de víctimas de violencia de género.

Rodríguez ha apoyado al menos a siete familias víctimas de femicidio en Ciudad Sandino, desde donde dirige la Asociación de Mujeres para la Integración de la Familia (Amifanic). Y mediante ese trabajo de apoyo se ha dado cuenta de los desafíos que implica para las abuelas, generalmente de recursos limitados, iniciar de nuevo el ciclo de la maternidad, siendo mujeres que ya habían finalizado esa etapa.

Con ella concuerda la antropóloga Sylvia Torres, quien afirma que además “las ubica en una posición de mayor desventaja, puesto que sus fuerzas ya no son las mismas. Muchas  trabajaron en actividades precarias, de manera que no cuentan con pensión del seguro social, están enfermas con dolencias propias de la edad, y sin esperanzas de encontrar trabajos decentemente remunerados”.

Torres agrega que muchas  de estas mujeres no podrán llenar las necesidades de sus nietos como lo hicieron con sus hijas, lo que sitúa a estas nuevas familias en un riesgo de vulnerabilidad mayor hacia la pobreza.

“Muchas de las madres eran todo el soporte económico de sus hijos, los y las huérfanas tendrán menos oportunidades para aprender habilidades para la vida, acceder a estudios técnicos o universitarios”, explica. 

Esto se agudiza porque el apoyo de la familia paterna hacia los niños es casi nulo. Cuando se trata del padre quien asesina a la madre, esa situación genera rencor entre familias, asegura Rodríguez.

“Se cortan los vínculos con el padre y la familia del padre. Hasta donde yo sé, nunca hay una relación con la familia del padre”, asevera la experta.

Y aunque el padre no muera, dejan a los menores en la orfandad porque se dan a la fuga o son apresados. En los casos en que el agresor no es el padre de los niños, de igual manera es la familia materna quien asume su tutela. En ciertos casos, como el de Jaqueline, los padres aportan con pensiones mensuales, y son parte activa de la vida de sus hijos.

En Nicaragua no hay políticas públicas que se encarguen de garantizar la estabilidad económica o emocional de las víctimas de la mayor expresión de violencia hacia las mujeres, explica Aida Carrión, fundadora de la única organización no gubernamental que atiende a madres e hijos de víctimas de femicidio desde abril de este año, fundación Dina Carrión.

Dicha fundación busca romper el círculo de la violencia brindando atención psicológica y generando oportunidades de educación para los hijos e hijas del femicidio. “Queremos que estos menores recuperen sus sueños de una vida digna rodeados de atención, cuidados, cariño y amor sin más violencia en sus nuevos hogares”, asegura Carrión.

Por: Noelia Celina Gutiérrez
El Nuevo Diario, 25 de julio 2017.
http://www.elnuevodiario.com.ni/nacionales/434787-abuelas-otras-victimas-femicidios/